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Six months ago, Jim Hoke’s daughter Wendy disappeared from her room. All Jim caught was a glimpse of a hulking figure at the window—the kind of late night vision that’s easily written off as a hallucination. No one believes Jim’s story—and six months later, the retired pathologist is just looking for anyone who’ll still listen. And even if he finds someone, should they believe him? Jim already retired early for planting evidence against an alleged killer. His word doesn’t mean much—and it means even less with him as a suspect in Wendy’s disappearance. He can’t leave town, he can’t forget what he saw, and he get any sleep thanks to the nightmares. With Wendy’s disappearance declared the coldest of cases, Jim believes he’s the only one who cares about finding his daughter. And he’s got a withered Father’s Day card in his pocket to remind him—all he can do is his best. So he better step it up. Jim goes into business for himself, tracking leads and harassing anyone who’s polite enough to listen to his story. He dives into rabbit hole after rabbit hole, until he meets someone else like him. Then another, then another, a whole community of people who’ve lost someone to a cryptid they call the Floating Man—just like the huge creature Jim saw take Wendy. Suddenly, Wendy’s abductor has a name—the Floating Man. And Jim’s obsession has direction—he’s got to track down the Floating Man, uncover his crimes and free not just his daughter Wendy, but everyone who's been lost.
Hace seis meses, Wendy, la hija de Jim Hoke, desapareció de su habitación. Lo único que Jim alcanzó a ver fue un vistazo fugaz de una figura enorme en la ventana, una de esas visiones de madrugada que cualquiera descartaría fácilmente como una alucinación. Nadie cree la historia de Jim, y seis meses después, el patólogo retirado ya solo busca a cualquiera que todavía esté dispuesto a escucharlo. Y aunque encuentre a alguien, ¿debería creerle? Jim ya se jubiló antes de tiempo por plantar pruebas contra un presunto asesino. Su palabra no vale mucho, y vale aún menos siendo sospechoso de la desaparición de Wendy. No puede irse de la ciudad, no puede olvidar lo que vio y no puede dormir por culpa de las pesadillas. Con la desaparición de Wendy considerada un caso frío de manual, Jim cree que es el único al que le importa encontrar a su hija. Y lleva en el bolsillo una tarjeta del Día del Padre ajada para recordárselo: todo lo que puede hacer es dar lo mejor de sí. Así que más le vale ponerse las pilas. Jim decide investigar por su cuenta, siguiendo pistas y acosando a cualquiera lo bastante amable como para escuchar su historia. Se mete en un callejón sin salida tras otro, hasta que conoce a alguien más como él. Luego a otro, y a otro más: toda una comunidad de personas que han perdido a alguien por culpa de un críptido al que llaman el Floating Man, igual que la enorme criatura que Jim vio llevarse a Wendy. De repente, el secuestrador de Wendy tiene un nombre: el Floating Man. Y la obsesión de Jim tiene una dirección: tiene que encontrar al Floating Man, destapar sus crímenes y liberar no solo a su hija Wendy, sino a todos los que han desaparecido.