Todo está cambiando, pero al mismo tiempo todo sigue exactamente igual. Ingken no puede ignorarlo: casquetes polares teñidos de marrón por los incendios forestales, construcción de oleoductos, sequía… de algún modo, el mundo entero sigue adelante pese a la lenta erosión de la estabilidad. Tras un viaje a París, Ingken vuelve a casa con ganas de tomarse un respiro de las drogas. Su pareja, Lily, que le apoya, está radiante, emocionada por la nueva conexión que ha hecho. Aunque Ingken quiere alegrarse por ella, hay una incomodidad que no logra sacudirse. Las noches sin dormir se llenan de un scroll infinito de imágenes y titulares sobre el desastre climático. Una vaga disforia hierve bajo su piel; puede reconocer que, igual que Lily, está cambiando, pero no tiene claro exactamente cómo ni a qué ritmo. Todo el mundo sigue diciéndole que se reduzca a cenizas y se reconstruya desde cero, pero le preocupa el tipo de escombros que ese fuego pueda dejar atrás. El arte de Nino Bulling resulta inmediatamente familiar. Como una conversación con una buena amistad, su historia se cuenta con toda la calma con la que también puede alzar la voz. Multitudes y paisajes se retuercen en un expresivo blanco y negro. El rojo atraviesa las viñetas con energía y persistencia, dando vida a lo que podría parecer muerto. En sus momentos más íntimos, Firebugs se pregunta qué significa transicionar en un mundo en transición.