En una historia de inmigración contada de una forma única, la artista visual Frances Jetter conecta su propia vida con la de sus antepasados y con los vínculos entrelazados que los unen al movimiento obrero del siglo XX. El hilo narrativo se despliega con Abram, un judío polaco que emigra a Estados Unidos en busca de oportunidades económicas y que, al igual que su tocayo, adopta un nuevo nombre: «Abe». Es un apasionado mediador y defensor dentro de su sindicato, pero en casa se convierte en un tirano patriarcal inflexible. A lo largo de la obra, los lectores descubren las convicciones y contradicciones que componen el tapiz de su vida y de tantas otras. Amalgam está poblado por figuras impresionistas, retratadas con rostros penetrantes que miran fijamente al lector, como si salieran de una vieja fotografía. Algunas páginas son pequeñas epopeyas que muestran la lucha de los trabajadores; otras, viñetas inquietantes de muñecas abandonadas y amistades olvidadas. También es una carta de amor a la madre de Jetter, Rose, que flota en la mente de la artista como un fantasma, para siempre marcada en las escaleras, a la vez etérea y omnipresente, como la muñeca de papel perdida de Rose. La vida de una persona no le pertenece solo a ella, sino que depende de todas las demás. Tras doce años de trabajo, Amalgam, fiel a su nombre, adopta un enfoque multimedia para contar su historia. Presentada como una meditación sobre la memoria y el legado, de ese amoroso patchwork de linograbados, cerraduras y bisagras surge una especie de invocación, y la presencia de los muertos vuelve a sentirse. Hay una fuerza moral profunda y contenida en la manera en que Jetter recuerda a sus seres queridos, grabando su esencia en el mismo material de linóleo que formaba los suelos de su infancia.